Mi gran amigo Mario "Sata"

El gran escritor escazuceño Juan Antonio Céspedes nos cuenta la historia de un gran amigo Mario "Sata" quien falleció el sábado 5 de marzo del 2016.

Mario Alexis Araya Sandí, quien en vida llevó los apellidos de su madre, doña Nana, fue más conocido en todo Escazú por Satanás o Mario Sata que por su nombre verdadero.

 Aventurero y callejero como el que más, llevó una vida tan desordenada que no le dio tiempo  -o no quiso- reconsiderar con nada para morir con las botas puestas después de su fuerte alcoholismo que lo azotó.

Vivió su juventud loca en aquella gran casa amarilla de los años cincuenta del pasado siglo, casa del pintor colombiano o venezolano don Gonzalo Boza, donde hoy está la soda de Jairo (casi al frente del Súper Céspedes).

En esa casa amarilla, muy grande y en alto, vivió cantidad de gente de todas partes. Recordamos al cocinero del Country Club, Salomón Saborío y su compañera doña Nana, de Santa Ana, y con ella se vinieron dos jóvenes, una de ensueño, extremadamente bella, sensual y guapa, sin par, y también otra muchacha menor;  la primera y que hizo llegar tanta gente para verla se llama  -o se llamó-  Lidia y la otra de nombre Marielos.

Habitaban también la casa Mario el Sata y un muchacho como de 15 años llamado Pelón (Carlos Alfaro Araya, sobrino de la señora y primo del Sata) y que hoy vive en Calle Blancos de Guadalupe.

Estos fueron los inquilinos más sonados de esa bendita casa, pero pasaron legiones por ahí; los primeros fueron unos estadounidenses que tenían un hijo que se llamaba Katire, muchachillo este que cuando estudiaba en San José viajaba siempre en el mismo bus y a la misma hora.

El bus terminó llamándose "El Katire" en los años cincuenta de aquel bello y romántico Escazú de entonces. Vivió ahí también, no por mucho tiempo, Miguel Salguero con su compañera norteamericana doña Bárbara quien le mecanografiaba aquellos suplementos extensos de tiquicia para La Nación.

Y tenemos que decir que este Sata fue el fundador de aquel famoso equipo que se llamó "LA FLORIDA" de vieja gloria de veteranos rejuntados que, en su tiempo, militaron con los mejores equipos de Escazú pero que ya oxidados por los años los apechugó el Sata para formar su querida "Florida" y que, si le decían que tenía que salir por estar jugando muy mal, amenazaba con llevarse la bola.

Pero aquí no se quedan las travesuras del Sata, que la mejor y más grande fue la del Judas, donde él siempre fue el mayor protagonista junto con Chisco Jiménez Delgado, sobrino de Tutul Salas y regidor suplente de la Municipalidad de Escazú en los primeros años de los setentas.

Esta tradición pagana, la quema del Judas, se realizaba desde el Sábado Santo por la noche hasta el amanecer con el Domingo de Resurrección.

Los jóvenes de ese entonces hacían un muñeco grande de trapo con petardos y cachiflines en su interior y, con él a cuestas, recorrían las principales calles de Escazú durante toda la noche y la madrugada.

Con el tiempo, ese grupo de muchachos se convirtió en turba brava y, con ramas, piedras y palos, interceptaban todo carro que a esas horas transitara, no dejándolo pasar hasta que el chofer o su dueño alguna plata echara.

Si el chofer se resistía, el carro era apaleado y la bronca se encendía. Este dinero, que a nombre del Judas se recogía, ¡sabrá Dios quien se lo dejaría!  Pero estaba también esta otra actividad, más folclórica y divertida: de paso correteando al Judas por las calles, los atrevidos jóvenes se introducían en los corredores de las casas y a hurtadillas y en silencio se llevaban lo que allí había: macetas, sillas, bancos. taburetes, escaños, mecedoras, poltronas, carretas, yugos, chuzos, mecates, pilones... y todo lo hurtado era llevado y puesto en el centro de la antigua plaza de Escazú.

Era todo un espectáculo ver en media plaza todas esas cosas ahí tiradas. Cuando los feligreses salían de la misa de Resurrección de la seis de la mañana, gozaban viendo todo aquello, algunas veces, hasta sus propios bancos ahí tirados.

Los chiquillos eran los que más se divertían escogiendo la mejor poltrona o la mejor silla para ahí sentarse.

Apenas salían los feligreses del templo parroquial, se procedía a la quema del muñeco (representación profana y pagana de Judas Iscariote) que ya estaba colgando de un mecate por el pescuezo y guindando de la rama de un esbelto pino que antes existía frente a la iglesia.

 Pero, minutos antes  y debajo de él, se daba pública lectura a su testamento, que era leído por el profesor don Francisco Quesada en voz alta, con ritmo, pausas y buena entonación que hacía las carcajadas de quienes lo oían. Uno a uno, sobre las personas principales y más conocidas del cantón, los versos del testamento iban cayendo, como este que recuerdo:

A mi viejo amigo

                            El regidor Julián Valdés

                               le dejo mi pantalón

                             de buen casimir inglés

                                para cuando asista

                               a la sesión municipal

                               no pase la vergüenza

                                  de la última vez.

Una vez leído el testamento de Judas, en aguarrás el muñeco se bañaba, un fósforo prendido se le arrimaba, un incendio se alzaba y en un juego de pólvora aquello terminaba.

 Por ahí de las diez de la mañana, los dueños de las bancas, sillas y demás cosas en la madrugada "robadas" y que en media plaza estaban, las recogían y uno a uno las cargaban que vuelta a casa desfilaban.

Esta tradición pagana que en Escazú tanto gustaba, empezó a debilitarse cuando una vez sus dos cabecillas principales, Mario el Sata y Chisco Jiménez, a la chirola fueron a dar por esos desafueros cometidos.

 Y estos comportamientos tan excesivos de aquellos muchachos menoscabaron tanto la popular tradición que ésta desapareció.

Últimamente se intentó rescatarla pero las autoridades no la han permitido. Ya por último se sacó un Judas para quemarlo en la noche después de la misa pascual, pero ya no era ni la sombra de aquellos Judas de los años cincuenta, que un Judas sin hurtos en las casas, sin pólvora y sin testamento, no hace gracia ni al tonto de este cuento.

Para Mundo Escazú: Juan Antonio Céspedes 19 de junio del 2018.