El aislamiento, los cambios repentinos de conducta y la resistencia frecuente a asistir a clases pueden ser señales de que un niño, niña o adolescente está enfrentando ansiedad, estrés, dificultades de adaptación o alguna situación que está afectando su bienestar emocional durante la segunda parte del curso lectivo, señalan especialistas.
A estas manifestaciones, añaden, pueden sumarse alteraciones en el sueño o el apetito, irritabilidad, tristeza, preocupación excesiva, dificultades de atención, disminución del rendimiento académico, ausencias a clases y pérdida de interés en actividades que anteriormente disfrutaban. También pueden presentarse señales menos evidentes, como permanecer más tiempo encerrados en sus habitaciones, reducir la comunicación con personas cercanas o modificar repentinamente sus relaciones sociales.
Para José Esteban González, director del Programa Especializado Juventudes de Aldeas Infantiles SOS, la segunda mitad del curso lectivo puede representar un periodo particularmente retador para los estudiantes debido a la acumulación de diferentes factores. Además de las responsabilidades académicas, pueden existir presiones por obtener buenos resultados, temor al fracaso, dificultades en las relaciones con compañeros, cambios en las dinámicas familiares y preocupaciones relacionadas con los grupos con los que conviven los adolescentes.
“No solamente es un tema académico, sino que también aparecen diversas dificultades que acrecentan una proyección de temor al fracaso en caso de que no vaya muy bien la parte académica. Por esta razón, el bienestar emocional de las personas menores de edad no depende únicamente del desempeño académico, sino de la interacción entre las características de cada persona menor de edad, su familia, el ambiente educativo, las relaciones sociales y las condiciones en las que se desarrolla”, señaló González.
Agregó que, en este sentido, lo más importante es empezar a observar si aparecen cambios significativos respecto del comportamiento o la conducta habitual del niño, la niña o el adolescente. Específicamente, hay que prestar atención a alteraciones en el sueño, el apetito, el rendimiento académico, la asistencia a clases, los niveles de atención, la irritabilidad o actividades que anteriormente disfrutaban y que empiezan a cambiar”, explicó González.
Manifestaciones de alguna afectación
González mencionó que es importante comprender también que una señal aislada no necesariamente significa que exista un problema emocional. Esto porque, durante la niñez y, especialmente, en la adolescencia, ocurren cambios propios del desarrollo que pueden modificar temporalmente las emociones y el comportamiento. La búsqueda de autonomía, una mayor necesidad de privacidad, el cuestionamiento de normas o determinados cambios emocionales pueden formar parte de esa evolución.
Por ello, para los cuidadores y padres de familia, la atención debe aumentar cuando las manifestaciones se vuelven más intensas o frecuentes, se prolongan en el tiempo o comienzan a interferir significativamente con la vida cotidiana de los niños, niñas y adolescentes. Este criterio permite diferenciar mejor entre un cambio asociado al desarrollo y una situación que podría requerir mayor acompañamiento.
“Siempre hay que estar muy pendiente de si estas manifestaciones, que en algún momento se pueden ver como rebeldía o desinterés, van en aumento en términos de intensidad, frecuencia, duración y nivel de interferencia con la vida cotidiana”, explicó el especialista de Aldeas Infantiles SOS.
Detección y prevención en etapas tempranas
González comentó que la posibilidad de detectar y abordar tempranamente estas situaciones depende también de la relación que los adultos hayan construido con los niños, niñas y adolescentes. Específicamente, la cercanía, la comunicación y los vínculos afectivos saludables aumentan las posibilidades de que niños y adolescentes expresen aquello que les preocupa y soliciten ayuda cuando enfrentan una situación que no pueden manejar por sí mismos.
En este camino, cuando un adulto detecta algún cambio en los adolescentes, el primer acercamiento debería centrarse en escuchar y evitar los juicios. Preguntas directas o acusatorias como “¿qué te pasa?” o “¿por qué has cambiado tanto?” pueden percibirse como amenazantes por los adolescentes. Una alternativa es comunicar las observaciones de manera menos invasiva y abrir un espacio para que el menor explique lo que está sintiendo cuando se encuentre preparado.
“Lo primero es acercarse, tratar de escuchar y evitar juzgar. Es difícil que alguien que se sienta juzgado vaya a comentar cómo se siente y principalmente lo que le está pasando. Es importante creerles, hacerles sentir seguros y protegidos”, afirmó González.
Durante ese proceso, los adultos también deben evitar minimizar lo que expresa la persona menor de edad con frases que resten importancia a la situación. Sin embargo, agregó el especialista, escuchar no implica necesariamente aceptar determinadas conductas, sino reconocer las emociones y comprender qué está ocurriendo antes de plantear soluciones.
“La prevención, además, debe comenzar antes de que aparezcan las señales. Mantener espacios de conversación en el hogar, revisar las expectativas académicas depositadas sobre los hijos y promover rutinas adecuadas de sueño, alimentación y actividad física forman parte de ese proceso. También resulta relevante supervisar el uso de tecnologías y redes sociales, establecer límites claros y fortalecer vínculos seguros con personas adultas. Cuando un niño, niña o adolescente sabe que puede contar con un adulto y que puede acudir a él sin ser inmediatamente juzgado, tiene mayores posibilidades y herramientas para pedir ayuda cuando enfrenta alguna situación compleja”, agregó el director del Programa Especializado Juventudes.
Agregó que los centros educativos también forman parte de esta red preventiva. Fortalecer la convivencia, identificar tempranamente situaciones de exclusión, desarrollar habilidades socioemocionales y disponer de mecanismos claros para reportar situaciones permite que los estudiantes sepan a quién acudir. A ello se suma enseñarles a las personas menores de edad a reconocer sus emociones, resolver conflictos y desarrollar herramientas para pedir ayuda.
Acompañamiento de profesionales
González, dijo, además, que cuando los cambios conductuales o emocionales persisten, aumentan en intensidad o comienzan a afectar significativamente la vida cotidiana, la familia o el centro educativo deberían considerar la búsqueda de acompañamiento profesional. También es recomendable hacerlo cuando los adultos tienen dudas sobre cómo abordar la situación o consideran que esta supera sus propias capacidades de respuesta.
“El momento ideal es cuando se tienen dudas de cómo abordar la situación o cuando se identifica que el problema o las manifestaciones que el chico o la chica están presentando superan las capacidades del entorno educativo y familiar para responder y acompañar de una manera que favorezca a la persona menor de edad”, explicó González.
Para las familias, actuar oportunamente no significa únicamente reaccionar ante una señal de alerta. Implica construir previamente relaciones que permitan a los niños, niñas y adolescentes sentirse seguros para expresar aquello que les sucede. Incluso cuando esa cercanía no se ha desarrollado de la manera esperada, el especialista enfatiza que siempre existe la posibilidad de comenzar a fortalecerla.
“Es importante tener claro algo, y es que un vínculo siempre se puede reparar y siempre se puede trabajar. Si hay padres o adultos que sienten que no tienen buenos vínculos con sus hijos, la oportunidad de empezar a construirlos siempre está”, concluyó González.